Antes de salir

Antes de salir, algunos consejos a tener en cuenta:

  • Chequeá tu heladera, alacena y freezer, y hacé lugar antes de salir a comprar.
  • Tirá lo que no sirve.
  • Aprovechá para pensar cómo usar esos paquetes o frascos que desde hace un año te miran desde el estante. ¡Usá lo que tenés! Muchas veces con un tomate, una feta de jamón crudo, dos dientes de ajo, tres aceitunas y media berenjena sale la mejor salsa para pasta.
  • Llevá tu propia bolsa o changuito. Dejá esas bolsas horribles, incómodas, que ocupan un cajón entero en tu cocina y que te lastiman las manos en el camino, y volvé a casa con tu bolsa preferida o canasto, o con el changuito con rueditas lleno. Si lo hacés en el aeropuerto, ¿por qué no en el barrio?
  • Pensá el menú en base a lo que tenés esa semana o a lo que está en estación, y comprá para complementarlo.
  • ¿Lista de compras? Sólo como ayuda memoria. Lo mejor es ir haciéndola con el correr de los días, y colgala siempre a la vista.
  • Frutas y verduras: planealas en comidas y no como ítems (lo necesario para dos tortillas, cuatro ensaladas, etcétera).
  • Tené referencia de precios. A veces creemos que el super tiene la verdura más barata y no es tan así.
  • Cuando pienses en el presupuesto, dejá un número para extras. No te olvides del impulso de compra no planificado, que siempre aparece –sobre todo en los hombres.
  • Comprá envases grandes o packs de lo que consumís mucho (sí, parece obvio, pero no todo el mundo lo hace).
  • Comprá lo que necesitás ANTES de que se te acabe, así evitás salir a comprar un detergente en la estación de servicio a las diez de la noche. Ah, y las bombitas de luz, las pilas y el papel higiénico no te avisan cuando se están por acabar.
  • Lo ideal es ir al supermercado tres o cuatro veces al mes, o todavía menos. El resto, a la verdulería, carnicería y pescadería –insisto: hacete cliente.
  • Mi consejo: comprá solo y sin hambre. El carrito del supermercado NO es una atracción o un juguete: llevá al nene a la verdulería, le va a gustar.
  • La principal fuente de proteínas de los argentinos es la carne de vaca. Probá con otras opciones: otras carnes, queso, huevos, porotos, lentejas y pescados. Pensá en platos asiáticos, hindúes o étnicos que llevan menos carne y tienen mucho sabor.
  • Comprá el pollo entero y si precisás, pedí que te lo trocen. Congelá lo que no usás: con los huesos podés hacer el mejor caldo.
  • Tratá de comprar todo lo que puedas en su estado más natural posible. Fruta en lugar de jugos, pan negro de paquete en lugar del blanco, arroz integral y no sólo blanco; probá con alguna pasta, granola o muesli en lugar de copos, etcétera. Y ojo con los envases abollados o con letras borrosas.
  • En la verdulería preguntá de qué variedad es y de dónde viene cada producto, así vas a reconocer cuál te gusta más. Vale para manzanas, limones, frutillas, etcétera.

  • Comprá y tené en el freezer vegetales congelados. Te salvan en muchas ocasiones y agregan verdura a las comidas improvisadas.
  • Si vas a un local –una dietética, por ejemplo– que no te queda cerca o cómoda, comprá de más (dos kilos en lugar de uno).
  • Si comprás pan rico, de masa madre, comprá el que necesites ese día y algunos más para cortar y congelar.
  • Comprate un buen rallador y, ¡por favor!, rallá tu propio queso.
  • No compres siempre lo mismo. Cada visita al mercado, con o sin tiempo, debe ser diferente porque los productos no son siempre los mismos, las estaciones cambian. Hay que acostumbrarse a variar.
  • No busques sólo lo práctico, fácil de encontrar, descartable y listo para comer.
  • Para la sed, tomá agua y comprala en botellones, evitá la botellita. El resto de las bebidas son para otra cosa. Si querés una gaseosa, tomala, pero no para calmar la sed.
  • No seas inocente: a la hora de comprar, leé las etiquetas, fijate qué tiene lo que comés todos los días para saber de qué está hecho. Si no entedés qué es, googlealo, y después decidí si sigue o no en tu menú.
  • Y para cerrar, una vez más: comé en estación, dale, acostumbrate.